Entre dos opciones, una decisión sobre el futuro del país
A pocos días de la segunda vuelta electoral, muchos peruanos siguen evaluando su voto. Es comprensible. Ninguna elección es perfecta y ninguna candidatura está exenta de cuestionamientos. Sin embargo, cuando el país enfrenta una decisión trascendental, la pregunta correcta no es quién representa la opción ideal, sino cuál ofrece mayores garantías para preservar la democracia, recuperar el crecimiento y generar oportunidades para todos.
En esa reflexión, resulta indispensable mirar más allá de los discursos de campaña y analizar trayectorias, equipos y antecedentes.
Roberto Sánchez formó parte del gobierno de Pedro Castillo como ministro de Comercio Exterior y Turismo, y es congresista actualmente. Fue integrante de una administración que condujo al país hacia una de las mayores crisis políticas e institucionales de los últimos años, marcada por la improvisación, la incertidumbre y el deterioro de la confianza. Durante ese periodo, el Perú perdió oportunidades de inversión, vio paralizados importantes proyectos y sufrió un fuerte debilitamiento de sus instituciones.
Más preocupante aún es la presencia de figuras como Antauro Humala en el entorno político que respalda esta candidatura. Sus posiciones abiertamente confrontacionales, su desprecio por principios básicos de la democracia liberal y sus propuestas radicales representan un factor adicional de incertidumbre para un país que necesita precisamente lo contrario: estabilidad, confianza y respeto al Estado de derecho.
El Perú enfrenta enormes desafíos. Necesitamos atraer inversión, generar empleo formal, combatir la inseguridad, cerrar brechas sociales y recuperar la capacidad de crecimiento que nos permitió reducir la pobreza durante décadas. Nada de ello será posible si volvemos a experimentar escenarios de confrontación permanente o de cuestionamiento a las reglas fundamentales que sostienen nuestra economía y nuestras instituciones.
Keiko Fujimori también carga con pasivos políticos que no deben ignorarse. El desempeño de su bancada en el Congreso durante los últimos años ha sido objeto de legítimas críticas, y muchas decisiones parlamentarias han contribuido al desgaste de la política y de la confianza ciudadana.
Pero también es cierto que su propuesta económica ha mantenido una línea consistente en aspectos fundamentales para el desarrollo del país: respeto a la inversión privada, estabilidad macroeconómica, apertura al comercio internacional, promoción del empleo formal y fortalecimiento de la actividad empresarial como motor del crecimiento.
Hoy, la elección exige priorizar el futuro del país sobre cualquier simpatía o antipatía personal. Lo que está en juego no es únicamente quién ocupará Palacio de Gobierno, sino qué modelo de desarrollo tendrá el Perú durante los próximos años.
Para quienes aún están indecisos, la pregunta central es simple: ¿qué opción ofrece mayores garantías para preservar la estabilidad económica, fortalecer las instituciones democráticas y generar las condiciones necesarias para crear empleo y reducir la pobreza?
Desde una perspectiva de defensa de las libertades económicas, la institucionalidad democrática y el desarrollo del país, la respuesta parece clara. El Perú necesita certezas, no experimentos. Necesita crecimiento, no confrontación. Necesita confianza, no improvisación.
El próximo Gobierno deberá gobernar para quienes votaron por él y para quienes no lo hicieron. Pero también deberá entender que el crecimiento económico, la libertad y la institucionalidad no son objetivos contrapuestos, sino condiciones indispensables para construir un país más próspero, inclusivo y democrático.
El Perú necesita mirar hacia adelante. Y para ello requiere menos incertidumbre, menos improvisación y más convicción en las políticas que han demostrado generar progreso.