Cuando la macro sí importa (y mucho)
“Señor Julio Velarde, nuestro Gobierno no lo sostendrá ni un día en el Gobierno del pueblo. Usted no nos representa. Nosotros, en nuestro primer día de nuestro Gobierno, lo vamos a echar, porque usted es una vergüenza, solo ha gobernado para mantener contentos y felices a las empresas trasnacionales, a sus dueños, a sus amos”.
La cita es del aún congresista y candidato presidencial Roberto Sánchez en un video publicado en sus redes sociales, quien en una reciente entrevista también sostuvo que la macroeconomía “no le dice nada” al mototaxista, al bodeguero o a las familias del Perú profundo. La frase puede sonar cercana, pero parte de una premisa equivocada. Si algo ha funcionado bien en el Perú en las últimas décadas —con todos los problemas pendientes— ha sido, precisamente, el manejo macroeconómico. Y, lejos de ser irrelevante, ha tenido efectos concretos y cotidianos sobre millones de peruanos.
Pensemos en un ejemplo simple: la inflación. Cuando el Banco Central de Reserva hace bien su trabajo y mantiene estables los precios, el dinero alcanza para lo que se planifica. El bodeguero puede reponer su mercadería sin que los costos cambien abruptamente de una semana a otra. El mototaxista puede calcular cuánto necesita para combustible sin que los precios se disparen inesperadamente. Una familia puede proyectar su presupuesto mensual sin ver cómo su poder adquisitivo se erosiona de un día para otro.
Ahora, imaginemos lo contrario. En países donde se ha debilitado la independencia del Banco Central de Reserva o se ha manejado irresponsablemente la política monetaria, los precios suben descontroladamente. El pan cuesta más cada semana, el transporte se encarece y los ingresos pierden valor. Quienes más sufren no son los grandes empresarios, sino justamente los ciudadanos de a pie: aquellos que viven al día y no tienen mecanismos para protegerse.
La estabilidad del tipo de cambio es otro ejemplo claro. Cuando hay confianza en la economía, el dólar no se dispara abruptamente. Esto impacta directamente en el precio de productos importados, combustibles y alimentos. Para un comerciante, significa mantener precios relativamente estables; para una familia, evitar aumentos bruscos en el costo de su canasta básica.
Este entorno de estabilidad no es casualidad. Responde a reglas claras, disciplina fiscal y, sobre todo, a un Banco Central de Reserva autónomo que toma decisiones técnicas, no políticas. Esa institucionalidad ha sido clave para que el Perú, incluso en contextos adversos, mantenga cierto orden económico.
Sin embargo, reconocer este avance no implica desconocer la otra cara del problema. Que la macroeconomía funcione no significa que todos sientan sus beneficios con la misma intensidad. Ahí está el verdadero desafío: la microeconomía. Es decir, cómo hacer que esa estabilidad se traduzca en más empleo formal, mejores ingresos y más oportunidades para quienes hoy siguen en la informalidad o en condiciones precarias.
Reducir trabas, mejorar la calidad del gasto público, facilitar la formalización y promover la inversión privada son parte de esa agenda pendiente. No se trata de reemplazar lo que funciona, sino de complementarlo.
La macroeconomía, bien manejada, es el piso sobre el cual se construye el desarrollo. Desconocer su importancia no ayuda a cerrar brechas; por el contrario, pone en riesgo uno de los pocos activos que el país ha sabido preservar. El reto hacia adelante no es desmantelarlo, sino hacer que sus beneficios lleguen, con mayor fuerza, a todos los peruanos.